¿Por qué nos atrae tanto el mito del vampiro?

La muestra 'Vampiros. La evolución del mito' recorre la historia de una de las criaturas más temidas –y seductoras– de la cultura popular.

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“Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad y deje parte de la felicidad que trae”. Esta frase que Bram Stoker grabó a fuego en su famosa novela y que, décadas después, Francis Ford Coppola inmortalizó para siempre en la gran pantalla, bien podría sonar nada más cruzar las puertas de ‘Vampiros: la evolución del mito’. La muestra, coorganizada por La Cinémathèque française y CaixaForum Madrid, es un recorrido por la historia cultural de una figura que se niega a morir y cada generación resucita bajo nuevas perspectivas. Desde figuras reales como Vlad Tepes, conocido como ‘El Empalador’ e hijo de Vlad II Dracul, o la sanguinaria condesa húngara Erzsébet Báthory, hasta el tétrico vampiro de Roman Polanski (1967). Todos ellos tienen en común que durante décadas han contribuido al mito del vampiro tal y como lo conocemos.

Una exhibición de más de 360 obras de una treintena de museos y colecciones privadas, entre fotografías, dibujos, vestuario de películas, manuscritos, libros, cómics, carteles, pinturas, grabados, documentos y objetos diversos. También se pueden ver 15 montajes audiovisuales con fragmentos de más de 60 películas y series. Y es que los vampiros, con toda su lujuria, rebeldía y transgresión, encarnan las pasiones más oscuras de cualquiera. No hay más que ver la cantidad de directores de cine, desde Francis Ford Coppola a Werner Herzog, que han alimentado el legado de Bram Stoker en sus cintas. Aunque la historia del vampirismo surgió mucho antes que el escritor irlandés.

La figura del chupasangre que abandona su tumba por las noches ya se recogía en el folclore eslavo, pero cobró relevancia en el siglo XVIII. Muchos expertos creen que tiene que ver con enfermedades como la rabia, la catalepsia o la porfiria. Esta última, por ejemplo, es una enfermedad metabólica que, entre otras cosas, provoca anemia, palidez de la piel, sensibilidad a la luz y un retraimiento de las encías que da la sensación de que los dientes son más largos de lo habitual—¿te suena?—. A todo ello se le sumaron, también, los saqueos en los cementerios y el robo de cadáveres que acrecentaron los temores a los no muertos.

Hijo de la literatura

Pero la figura del vampiro como tal la esbozó la literatura. El primero de todos los escritores en popularizar al monstruo fue John William Polidori en 1819 con su novela ‘El vampiro’. Aunque, sin duda, fue la novela ‘Drácula’ de Bram Stoker (1987) la que le dio mayor fama con su popular conde. Y si la literatura asentó las bases y supersticiones, el cine se encargó de encumbrarlas casi a la categoría de ídolo. La primera de todas las cintas, ‘Nosferatu’ del director alemán F. W. Murnau, tuvo que llamar a su conde Orlok y no Drácula porque la viuda de Stoker, Florence, no cedió los derechos. Algo que sí consiguió en 1931 la película ‘Drácula’ de Tod Browning con Bela Lugosi en el papel del vampiro. De hecho, durante años fue este actor de origen austro-húngaro quien dio vida al famoso conde en multitud de cintas. Tal fue su implicación en el personaje que, según cuentan, dormía en un ataúd y siempre paseaba con la mítica capa del conde.

Tras las cintas de Bela Lugosi, vinieron muchas otras reinterpretaciones —con dibujos animados incluidos— que irían suavizando la imagen tenebrosa del vampiro hasta una más humana, e incluso sexy, como la de la saga ‘Crepúsculo’ (2008-2012) o la serie ‘True Blood’ (2008-2014). Algo a lo que contribuyó en 1976 Anne Rice con su novela ‘Entrevista con el vampiro’ (1994), en la que, por primera vez, eran estos seres los que contaban su versión de la historia. Si te ha picado —o mordido— la curiosidad, tienes hasta el próximo 7 de junio para visitar la exposición. Después, todos estos vampiros volarán hasta Barcelona.