¿Merece la pena ir a un autocine en pleno siglo XXI?

Después de pasar una velada al más puro estilo yankee en el Autocine Madrid Race podemos decir que sí.

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Si no fuera por las cuatro torres de la business area que se ven a lo lejos, parecería que estamos en aquella América de perritos calientes, bandas callejeras y autos descapotables. Esas noches y juergas que hemos visto en cintas míticas como ‘Grease‘ o ‘Rebeldes‘ ya son posibles a solo unos kilómetros del centro de Madrid. El Autocine Madrid Race se encuentra en el norte de la capital, a pocos minutos de Plaza de Castilla, y ya desde la puerta podemos oler las palomitas y la street food que nos dan la bienvenida.

A este autocine, que es el más grande de Europa, se puede acceder tanto en moto como en coche. Solo se paga la entrada, como en cualquier cine tradicional, 8 euros la normal y 6’50 con carnet joven o si eres mayor de 65 años, que resulta barato si tenemos en cuenta que la media de los cines ronda los 9 euros. Además, puedes contratar un servicio de recogida y traslado en Cadillac por 350 euros o escribir un mensaje en pantalla grande por 100 euros –por si alguien quiere declararse de la manera más peliculera–.

El primer autocine de la historia se inauguró en 1933 en Camdem, Nueva Jersey. El creador de esta iniciativa de ocio fue Richard M. Hollingshead y todo fue por el cariño a su madre. Su progenitora pesaba tanto que no podía entrar en los cines convencionales y Hollingshead no estaba dispuesto a privarla del séptimo arte. Desde entonces, los cines drive-in han proliferado en Estados Unidos, pero en nuestro país no han tenido tanta popularidad y pueden contarse con los dedos de una mano. Uno de ellos es este, que abrió sus puertas en 2017 de la mano de Tamara Istambul, Cristina Porta y dos socias más. Las cuatro querían dar una oferta de ocio totalmente nueva y, a la vez, romántica.

Nada más entrar nos encontramos con la gran explanada y la descomunal pantalla de 250 metros cuadrados que estos días proyecta películas como ‘El regreso de Mary Poppins‘, ‘Aquaman‘ o ‘Mortal Engines‘ –que es la que toca hoy–. Pero lo que enseguida capta nuestra atención es la cafetería plateada al más puro estilo americano que se encuentra al fondo. Con su cartel luminoso donde leemos ‘Diner’ se alza como la estrella indiscutible en estos 27.000 metros cuadrados donde pueden reunirse hasta 350 coches.

Pero si al verla por fuera ya te dan ganas de cantar ‘Born in the USA’, una vez que entras te das cuenta de que estás viviendo tu propio sueño americano. Coca-Cola es el mantra del lugar –¿podía ser de otro modo “estando” en Estados Unidos?– y el rojo nos invade de lleno. Taburetes, mesas, máquina de refrescos… todo lleva el sello inconfundible de made in USA. Por eso, aunque también pueden llevarte el pedido a tu propio coche, vale la pena viajar en el tiempo y quedarte a cenar dentro de la cafetería. Y, claro, en un lugar de cocina americana no podemos hacer otra cosa que pedirnos una hamburguesota de esas que quitan el hipo. Y vaya si lo quita. Es prácticamente imposible poder comerse a bocados semejante oda cárnica, una hamburguesa llamada Greta Burger con queso de cabra, cebolla caramelizada, lechuga y tomate y acompañada de patatas caseras. Y como colofón final nada como un gran batido de Oreo para recordarnos dónde estamos.

Son las 18:00h. Queda muy poco para que empiece la película, pero aún nos queda un rato para poder fantasear por el lugar. Hay coches de los 70 y los 80, rancheras y la típica hippie van. Hasta en la puerta de los aseos podemos ver un coche de policía que custodia la entrada. Y al caer la noche la cosa solo hace que mejorar. Decenas de farolillos se encienden y crean una atmósfera perfecta para pasar una velada en pareja sintiéndote como James Dean u Olivia Newton John. Apuramos el tiempo y corremos al puesto de pop corn para comprar palomitas dulces y saladas, porque es imposible elegir solo unas.

Además de las sesiones de cine, el responsable nos cuenta que preparan todo tipo de eventos en el recinto. Desde las concentraciones mensuales de coches clásicos hasta cócteles y proyecciones especiales con música en directo. Y hace unos meses celebraron unas bodas rápidas y simbólicas en una capilla rockabilly oficiadas por Luis del Cura, uno de los mejores imitadores de Elvis Presley que hay en Madrid. También organizan campañas solidarias, como la recogida de juguetes que están llevando a cabo este mes para repartirlos entre los más necesitados.

La película ya ha comenzado y todas las luces se apagan. Sintonizamos con la radio la emisora 93.70 FM para poder escuchar la cinta desde el coche –eso sí, más vale que tu antena no sufra interferencias–. Comienza a chispear un poco, pero no supone un problema. Desde el autocine ofrecen viseras que se pegan con ventosas a la luna para los días lluviosos, así como un servicio de limpiaparabrisas. Pese a la ligera lluvia, impresiona poder ver un cielo tan estrellado en la capital. ¿El problema? Corres el riesgo de quedarte sin batería, pero tranquilo porque el propio autocine cuenta con un coche preparado para recargártela llegado el caso.

De repente, nos damos cuenta de que todo está en silencio. Sí, lo mejor de ver una película desde tu coche es que tú ajustas la temperatura y regulas el volumen. No hay que aguantar la tos del tipo de al lado, comentarios y susurros del resto de espectadores y, al mismo tiempo, te sientes parte de una emoción generalizada. Termina la película y en vez de aplausos un coro de cláxones dan por finalizada la sesión. ¿De qué iba la película? La verdad es que eso, al final, es lo de menos.